LA CLASE POL?TICA ACTUAL ES UNA
ESPECIE EN V?AS DE EXTINCI?N.
VIVE GRACIAS A LAS DIFERENCIAS SOCIALES
DE LOS CIUDADANOS A LOS QUE "PROTEGE"
SEMANA DE LA
TIERRA
Ricos y
pobres
Por Daniel Ravent?s y Andr?s de
Francisco
A fuerza de hablar de
la desigualdad de ingresos y riqueza, a menudo nos olvidamos de
subrayar el hecho emp?rico de su acelerado crecimiento, de exponer
sus causas y or?genes, de ponderar sus consecuencias y, m?s a?n, de
refutar las falsarias justificaciones ideol?gicas ofrecidas por los
habituales peritos en legitimaci?n.
De todo ello a menudo
nos olvidamos pese a que la desigualdad -m?dasela como se quiera-
parece galopar sin brida ni rienda tanto a escala planetaria como
local, tanto en los pa?ses pobres como en los ricos. Hace ya tiempo
que ha rebasado el nivel de lo social, lo ?tica y lo est?ticamente
tolerable.
La extrema
desigualdad est? haciendo de este mundo nuestro un lugar inestable,
reprobable y feo. Los 84 individuos m?s ricos del mundo poseen una
riqueza que excede el PIB de China con sus 1.300 millones de
habitantes. En 1998, Michael Eisner, director general de Disney,
cobraba 576,6 millones de d?lares, lo que representaba 25.070 veces
el ingreso medio de los trabajadores de esta misma empresa. Ese
mismo a?o, un solo ciudadano de Estados Unidos, Bill Gates, dispon?a
de m?s riqueza que la del 45% de los hogares de aquel pa?s. A fecha
de hoy, el 5% de los hogares con mayor poder adquisitivo de Estados
Unidos dispone de casi el 50% de la renta nacional. Mientras tanto,
80 pa?ses en el mundo tienen una renta per c?pita menor que hace una
d?cada. Mientras tanto, la mitad de nuestra especie, la m?s
desheredada y vulnerable, 3.000 millones de personas, vive con menos
de 2 d?lares al d?a y, de ?stos, 1.300 millones con menos de 1 d?lar
diario.
El economista
norteamericano Robert Frank, que algunos estudiantes de econ?micas
conocen por su estupendo manual de teor?a econ?mica, explica que,
del conjunto de la ciudadan?a de su pa?s, el 1% m?s rico se embols?
el 70% de toda la riqueza generada desde mediados de los a?os
setenta. Para el Reino de Espa?a no hay datos equiparables que sean
p?blicos. Pero es muy probable, seg?n expertos fiscales que llevan
a?os rastreando el terreno, que los datos puedan ser igualmente
escandalosos, tanto que mejor mantenerlos en secreto. Nunca en la
historia de la humanidad hubo tan pocos ricos tan ricos ni
tant?simos pobres tan pobres.
Lo cual es malo al
menos por las siguientes razones de consecuencia: primero, porque
hace vulnerables, y en grado diverso, a ampl?simas capas subalternas
de la sociedad. Y con la vulnerabilidad viene la dependencia; con la
dependencia, la falta de libertad, y con la falta de libertad, en
grado diverso, la condici?n servil y la p?rdida del autorrespeto.
Segundo, porque pone en manos de unos pocos poderes y recursos
desmedidos que pueden condicionar y sesgar el proceso pol?tico del
lado de sus intereses privilegiados, socavando as? toda esperanza de
democracia real y quebrando la igualdad pol?tica que subyace al
ideal de ciudadan?a. Finalmente, la desigualdad extrema entre ricos
y pobres (entendidos ?stos en sentido amplio) quiebra la comunidad,
rompe los lazos de fraternidad y desata, de un lado, la codicia de
los pocos y, del otro, cuando no la envidia y el resentimiento,
siempre al menos la frustraci?n, y muchas, muchas veces, la
desesperaci?n de los muchos.
Pese a estas razones,
no faltan las justificaciones de la desigualdad. La primera de ellas
viene a decir que la gente tiene lo que se merece. As? como el rico
merece su riqueza, premio a su emprendedor dinamismo, el pobre -por
su falta de aptitud y esfuerzo- merece su opuesto destino social.
As? como el leal y eficiente trabajador merece conservar su empleo,
as? el que lo pierde merece el escarmiento del paro, en el que
merecer? quedarse si no muestra suficiente capacidad y buena
disposici?n para la b?squeda activa de otro empleo. Oportunidades no
faltan, s?lo hay que saberlas buscar. Esta justificaci?n
meritocr?tica de la desigualdad es tan demag?gicamente falsa como
cierto es el hecho de que nadie merece moralmente ni su azar
gen?tico ni su azar social, de por s? muy desigualmente
distribuidos. Nadie merece moralmente la familia que le ha tocado en
suerte, rica o pobre, decente o depravada, ni, por tanto, las
oportunidades -favorables o no- que la familia pueda brindarle. Y lo
mismo cabe decir de los talentos -pocos o muchos- con los que uno
viene al mundo: nadie los merece moralmente.
Si es verdad que la
justicia aspira a contrarrestar los caprichos del azar -social y
gen?tico-, poco justo ser? permitir que los individuos gocen sin
traba ni freno de sus inmerecidos diferenciales de oportunidad, que
ese azar les pone en bandeja. La distribuci?n de las dotaciones
gen?ticas -como no ha dejado de subrayar John Rawls- son un activo
com?n de la sociedad, aunque s?lo sea porque es la sociedad quien
las premia y valora o porque s?lo en su seno pueden ejercerse.
La segunda
justificaci?n de la desigualdad la convierte en el necesario precio
de la libertad. En un mundo regido por el libre mercado y asentado
en el sacrosanto principio de la libertad de elecci?n, un Estado
intervencionista podr?a imponer pol?ticas redistributivas y
regulaciones igualitaristas, pero s?lo lo lograr?a a base de
cercenar esa misma libertad individual, a base de recortar las
opciones sobre las que elegir. Este argumento es tan falso como
cierto es el hecho de que la desigualdad implica ella misma una
falta de libertad, tanto m?s profunda cuanto m?s dram?tica sea esa
desigualdad. Porque falta de libertad -de decidir, de hacer y aun de
rechazar- es lo que tiene el trabajador precario que apenas llega a
fin de mes y no sabe si ma?ana conservar? su empleo; es lo que sufre
la mujer sometida al marido y desfavorecida y discriminada en toda
suerte de oportunidades de vida; es lo que padece el desempleado de
larga duraci?n, que soporta el estigma social de la dependencia del
subsidio p?blico (si es que lo tiene). Falta de libertad es lo que
tiene el pobre que depende de la exigua caridad de sus cong?neres.
Falta de libertad es lo que sufre el subordinado (en la jerarqu?a de
la empresa, por ejemplo) cuando tiene que comulgar con ruedas de
molino porque necesidades o deseos vitales para ?l dependen de la
voluntad de su superior. Falta de libertad, en fin, es lo que padece
el que vive con permiso de otro. No olvidemos el dicho de Juvenal:
'Hay muchas cosas que los hombres, si llevan la capa remendada, no
se atreven a decir'. El mundo contempor?neo, porque distribuye de
forma tan groseramente desigual recursos, oportunidades y riqueza,
padece un hond?simo problema de falta de libertad.
La tercera
justificaci?n de la desigualdad le carga las culpas al gobierno, sea
el que sea. Los gobiernos -viene a decir- promueven la desigualdad
con sus equivocadas pol?ticas recortando oportunidades de desarrollo
individual. As?, por ejemplo, el paro -una fuente terrible de
desigualdad social- podr?a evitarse si los mercados de trabajo no
fueran tan r?gidos y los empresarios tuvieran m?s facilidades
-?todas las facilidades!- de contrataci?n y despido. Y todav?a m?s
oportunidades habr?a de creaci?n de empleo -y riqueza para todos- si
los gobiernos apostaran sin tapujos por la productividad y la
competitividad de las empresas, rebajando impuestos, recortando
gastos sociales, privatizando servicios p?blicos y apuntando al
d?ficit cero. Esta justificaci?n de la desigualdad es tan falsa como
cierto es el hecho de que han sido precisamente los gobiernos que
m?s han promovido pol?ticas desreguladoras de los mercados laborales
y fiscalmente estimuladoras de la oferta los que m?s han provocado
aumentos de la desigualdad.
Y de las causas de la
desigualdad, ?qu?? La desigualdad tiene muchas causas, pero la
principal -sin dudarlo- hay que buscarla en el actual modelo
capitalista de crecimiento y desarrollo y en el vigente modelo
antisocial de propiedad. El capitalismo es un modo de producci?n que
vive de la desigualad y la retroalimenta positivamente, vive de la
desigualdad entre el trabajo y el capital. Reproduce y ampl?a esa
desigualdad porque el capitalismo asigna muy distintos recursos de
poder a propietarios y no propietarios. Y asigna tan desigualmente
el poder social porque se basa en un modelo de propiedad y
apropiaci?n que no conoce apenas l?mites a su acumulabilidad, y
permite formidables hiperconcentraciones de poder econ?mico y social
que no s?lo escapan a todo control democr?tico, sino que por mil
v?as consiguen una sobrerrepresentaci?n institucional y pol?tica de
sus privilegiados y minoritarios intereses. La batalla -por ahora
duramente perdida- contra la extrema desigualdad de ingresos y
riqueza pasa por buscarle alternativas -si se quiere, parciales y
graduales- al capitalismo, alternativas de tipo social-republicano
(se?aladamente, aunque no s?lo, la renta b?sica de ciudadan?a, como
en otras ocasiones hemos desarrollado, por ejemplo, en www.redrentabasica.org), alternativas que
permitan a la sociedad recuperar el control democr?tico sobre las
decisiones econ?micas y a los individuos -a muchos, a millones de
ellos- recuperar el control sobre sus propias vidas, esto es, su
autonom?a.
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